Personalmente creo que sí existe la verdad, aunque me parece que es tan poliédrica, tiene caras tan variadas y distintas que difícilmente podemos alcanzarla. Pero no por ello debemos ceder en el empeño. La mentira en más sencilla. De hecho, día a día leemos las noticias bien sea en el periódico impreso o a través del internet, mil versiones del mismo tema. Ninguna tiene por qué ser falsa. Esa divergencia es una cualidad misma de aquello que perseguimos.
Alguien dijo una vez que el principio básico del periodismo es no mentir. Contar cualquier cosa con el compromiso de decir siempre la verdad o, al menos, aquella que es capaz de alcanzar el periodista con sus brazos, a menudo cortos.
Quizá es aquí donde se encuentra la solución a este embrollo. En la honestidad. La honestidad y el compromiso con el lector de que el profesional y su firma son una garantía de certeza. Lo demás se llama prostitución y es bastante más antigua que el periodismo.
El periodista debe tratar de enterarse de cualquier cosa que ocurre y que sea de interés para sus lectores, contrastar la información y contarla de la forma más adecuada. O al menos de la forma que cree más adecuada. Ni la elección del tema ni el enfoque ni su tratamiento son objetivos. Son la manera que tiene cada uno de ver las cosas. Pero aunque es imposible que sean la verdad, deben ser verdad y formar parte de una de esas caras.
Esto a veces sale caro, pero forma parte del acuerdo al que se obligan como periodistas. Al final, deben elegir si están en eso para hacerse ricos o no. En general, eso no ocurrirá si se cumple bien con las reglas. Se trata de elegir entre la cómoda y facilona mentira y una de esas verdades que te permiten reconocerte en el espejo cada mañana durante años. La conciencia es la más incómoda compañera de viaje.
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